22 de agosto de 2010

Bicentenario…


Bicentenario es la palabra del año, analgésico perfecto para un país que carece de la sustancia activa de dicho acontecimiento… libertad. Tuve chance de empaparme del protocolo del festejo, la semana pasada fui a la exposición en pantalla gigante de la historia de México que recorre todo el país, que no es más que un resumen ejecutivo de nuestros libros de historia de la SEP que nos daban en la primaria, historia convertida a superproducción “holibudense” que aglomera a un país que añora ser lo que aparenta.


Comencé a vivir el festejo del Bicentenario, ajeno al sentir de los presentes en la proyección de la mega pantalla; cuando Pepe Aguilar canta a capela “México lindo y querido” volteé a ver a mi alrededor y me encontré a un señor como de sesenta años que con ojos cerrados cantaba la canción con bastante sentimiento, sentimiento que por más que busqué dentro de mi no encontré, haciéndome sentir un antipatriota con causa, recordando aquel gol de chicharito contra Francia en el mundial pasado y que los asistentes al bar donde estaba viendo el partido gritaron a todo pulmón y que yo simplemente aplaudí, sin sentirme más mexicano que un minuto antes… México no me mueve con caras pintadas y playeras verdes, simplemente no creo en el México Bicentenario que sangra la desgracia de su historia contemporánea.



El país tiene el escenario exacto para festejar la revolución con otra revolución: pobreza extrema, crimen organizado, corrupción, desigualdad exorbitante, políticos nefastos; todo un cúmulo de ingredientes para que llegue algo que eche la chispa para prender la gasolina de la que estamos bañados.



Aunque el Bicentenario parezca el pretexto exacto para que el gobierno calderonista salga bien librado este año, bien pudiera ser el 20 de noviembre por ejemplo, la fecha simbólica para que en este país pase algo, al estilo del 1 de enero de 1994, cuando el símbolo salinista del primer mundo mexicano, el TLC, tenía hora y cacho de haber arrancado, salió la noble expresión zapatista, que después el sub-comandante Marcos pervirtió en un movimiento personal por el cual se pudieran vender playeras con su rostro. En fin, aquel 1 de enero de 1994 fue fecha simbólica para una lucha legítima, y si de luchas legítimas hablamos, 16 años después las luchas que este país podría encausar parecen no caducar; vivir en una democracia ficticia, con pobreza en todos los semáforos de México, tener un país secuestrado por una oligarquía, tener una clase política omnipotente que desprecia a sus gobernados, vivir en la impunidad total donde la cárcel solo la pisan los pobres, vivir rodeados de delincuentes de cuello blanco que se ostentan como diputados, senadores o gobernadores, tener un sistema de justicia al servicio de los poderosos, vivir en un país sin educación y todo lo que le queramos agregar, todo esto, en paquete, podrían ser las causas exactas para echarle agua a la polvora que estallará los cuetes el 16 de septiembre, razonando que no tenemos nada que festejar, que muy al contrario, sería necesario que saliera un loco por ahí a tratar de ajustar cuentas con el bicentenario y el centenario.



México tendrá su festejo oficial del Bicentenario, festejo organizado por los que en una representación teatral de este lindo México pudieran caracterizar a Victoriano Huerta, Porfirio Díaz, Agustín de Iturbide, Santa Ana, o cualquier anti héroe de nuestra historia; México tendrá Bicentenario, con muchos cuetes y mucho tequila, muchos gritos y muchos comerciales en televisión, para despertar la mañana siguiente con que sigue sin haber justicia en el caso de la guardería ABC.

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