23 de diciembre de 2010

Diego Fernández… la pantomima.


¿Por qué tendríamos que mostrar sospecha los mexicanos sobre el desenlace final del secuestro de Diego Fernández de Cevallos? El estado y la televisión en mancuerna, nos han acostumbrado a dudar de todo, más cuando Genaro García Luna acostumbra a montar puestas en escena de los actos de la policía para que podamos ver, en horario triple A y bajo la visión de López Dóriga, las heroicas acciones en materia de impartición de justicia.


Diego Fernández es liberado, con barba que causó el extremo sarcasmo en las redes sociales; se le dijo de todo en manera de burla: Santa, Shaya Michán, Leonardo Stemberg, papa pitufo… optamos por el humor negro en vez de la seriedad de los problemas, que podrían oscilar entre el trágico secuestro de un personaje de tanto peso como Diego Fernández y una maquiavélica estrategia de manejo de agenda en los medios, como las muchas que lleva a cabo el estado.


Diego Fernández está libre, orgulloso de su barba, parecida a la que lucia como cuando pactó con el salinismo las concertacesiones políticas, aquel mítico personaje del panismos que sabía negociar a cambio de dadivas del sistema, como cuando no tuvo empacho en quemar los paquetes electorales del 1988. Diego libre pero bien peinado, lo que nos hace pensar que el periódico el Universal y su amigo, el periodista José Cárdenas, no estaban tan equivocados cuando anunciaron la liberación de Diego por anticipado, lo que puso en jaque todo el show mediático que veríamos días después.


Diego se luce libre y barbón, el escándalo tiene que terminar en la forma que a Televisa le gusta terminar sus telenovelas; el jefe Diego, después del cautiverio, llega con ramo de rosas para la novia, digno de una producción de Ernesto Alonso, me causó extrañeza que no estuviera Lucero para recibirlo vestida de charra cantando “Volver volver”; el show estaba montado y había que desviar la atención de un lamentable fin de semana para México, la lamentable muerte de Marisela Escobedo, que se convierte en un símbolo de la putrefacción del estado mexicano; la huída de 140 reos de un penal en Tamaulipas, realidad de la justicia calderonista; la explosión de ductos de PEMEX en San Martín Texmelucan, Puebla, realidad de nuestra política petrolera intestada de corrupción; todo esto en paquete fue aplastado por la liberación de Diego, y se entiende por el peso del personaje, lo que no se entiende es la movilización mediática en torno a lo que este secuestro pudiera resultar en términos políticos; nada es casualidad, menos en un país donde el sistema está perfectamente estructurado para hacernos creer lo que realmente no pasa.


Diego Fernández agradece a Dios y a la virgen, sale del infierno regordete y chapeado, al momento de hacer contacto con las cámaras, afirma haber perdonado a sus captores, afirma que el secuestro igualmente se trató por cuestiones ideológicas; el panismo encuentra aire por medio de su gurú, el traficante de influencias, el hombre que sometió al estado a favor de intereses particulares, el símbolo de la arrogancia, aquel de punta diamante, de Jugos del Valle, de la familia Ramos Millán, el Diego de siempre, el que desafortunadamente muchos admiran su talento como político que sirve para negociar porquería y media en vez de encausarlo al beneficio de la sociedad. Es necesario poner las cosas en su lugar, Diego es una de las grandes lacras que ha dado la política en nuestro país, su arrogancia es símbolo en gran medida de la decadencia a la que ha llegado nuestro sistema político. Lo peor, ahí tienen los panistas a un posible gallo para más o menos salvar su debacle electoral en julio de 2012.

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