24 de noviembre de 2012

Cuento: Los doce años de la mexicanidad.

En el año 2000, la mexicanidad corrió muy fuerte, tan fuerte para llegar a la casa de la esperanza. Lograron escapar del dinosaurio que los perseguía, cerraron la puerta de la casa y el grito del dinosaurio se fue extinguiendo. No era un sueño, era la realidad. Automáticamente, la mexicanidad pensó que tenían que venir épocas mejores. Se asomaron por la ventana y el dinosaurio parecía estar muerto. —Parece que respira— dijo alguien. Se hizo un breve silencio. En efecto, el dinosaurio estaba vivo. Todos tenían miedo. No supieron que hacer cuando comenzaron a escuchar los ronquidos del dinosaurio. El silencio dentro de la casa de la esperanza se rompió cuando alguien prendió la tele y apareció López Dóriga en pantalla. Así pasaron 12 años, pegados al televisor.

Una mañana, la mexicanidad se despertó y vio que el dinosaurio se había ido. De pronto, alguien gritó —Miren, un dinosaurio bebe— La imagen impoluta de Enrique Peña Nieto apareció en pantalla. Una nueva generación de dinosaurios se posicionaba entre toda la mexicanidad. — Creo que han cambiado— dijo el más viejo de la casa. La televisión les mostraba el magnífico país en el que se había convertido México. Un día cualquiera, la mujer de la casa gritó—Llegó el correo—. Muchos sobres había en el buzón, entre ellos los estados de cuenta del banco y un recibo de Telmex.

Todo pasaba con tranquilidad, pero un día el niño gritó espantado. Todos corrieron a ver el televisor. En pantalla aparecía “López Obrador, es un peligro para México”.

— ¿Quién es él?— preguntó el niño.

— Es alguien que amenaza con quitarnos lo que hemos conseguido en tan poco tiempo— Contestó el viejo.

El niño se quedó con aquella imagen de AMLO, que realmente parecía el diablo. A la vez, el niño se preguntaba, qué era aquello que el abuelo decía que se había conseguido, habían pasado ya muchos años ahí adentro, y dentro de su conciencia, el niño no percibía cambio alguno.

Todas las tardes, la mexicanidad pasaba viendo televisión. Sonoras carcajadas se escuchaban al ver entretenidos programas. Al asomarse a la ventana, todo parecía estar igual que cuando lograron entrar a la casa. Había un raro ambiente en el exterior, habían pasado mucho tiempo ahí adentro, no salían porque a pesar de los aires de cambio, el miedo no los dejaba ni un solo segundo.

Una noche, un ruido estremecedor los despertó. Al asomarse a la ventana, comenzaron a ver a los soldados. El viejo abrió la ventana y le preguntó a uno de ellos que qué pasaba. El soldado sin mirarlo respondió: estamos en guerra. —¿Guerra contra quién?— preguntó el viejo. —Guerra contra el crimen organizado— contestó el soldado.

La mexicanidad, que ya pensaba salir de la casa después de que la amenaza de AMLO había pasado, consideró que salir sería peligroso por aquello de la guerra, más se les quitó las ganas cuando las balaceras eran cada vez más constantes. Se mantenían informados de lo que pasaba en el país por medio de la televisión. Todos consideraban a Felipe Calderón un héroe, escuchaban todos los días que la economía iba bien, que la lucha contra el crimen era exitosa, se hablaba bien de la educación. Pronto había que salir de la casa para disfrutar el país que tanto habían soñado. Sólo había que esperar a que la guerra terminara, y como según esta se iba ganando, no tardarían en salir de aquel lugar.

Un día el niño viendo la televisión, vio que otros 49 niños se habían quemado dentro de una guardería, el viejo le arrebató el control y se puso a ver el futbol. Rápido olvidaron la noticia. Después del futbol pasaron toda la tarde viendo un reality show sobre baile y canto, entre la mexicanidad debatían quienes serían los próximos en salir del reality, a veces llamaban para votar por sus favoritos. La mexicanidad era muy feliz.

Habían pasado ya casi 12 años, un día salió en la tele el joven y apuesto dinosaurio. En seguida la señora de la mexicanidad pensó “que guapo es”.

La hija de la señora dijo —He escuchado que se casó con una actriz de novela, ¿cómo se llama?.

La señora la volteo a ver con cara de incredulidad por no saber su nombre y le contestó — gaviota, se llama gaviota.

El niño, que al paso del tiempo se había convertido en adolescente, preguntó —¿No es aquel parte de los dinosaurios de los que corrimos en el año 2000?

Nadie contestó. Se quedaron mirando y el viejo le preguntó al niño que ya no era niño —¿de qué dinosaurios hablas?

—De los corruptos aquellos— dijo el niño que ya no era niño.

Nadie podía recordar aquellos dinosaurios de los que hablaba el niño que ya no era niño.
Mientras todos veían la televisión, la hija se acercó a decirles que ya no había casi nada de comer, la despensa se había acabado. Para su mala fortuna, el televisor comenzaba a dar problemas, no sintonizaba bien la señal. El viejo pensó “debe ser por culpa del Sky”. Pero no, la televisión era demasiado vieja.

La guerra contra el narco seguía afuera de la casa de la esperanza, cuando llegaban a salir al patio, veían que la pintura de la casa estaba totalmente destrozada, el pasto seco, dejó de haber flores, tenía algunos vidrios rotos. La mexicanidad se preguntaba qué estaba pasando. En eso llegó un joven a tocar a su puerta. Venía vestido con camisa y gorra roja y un pantalón de mezclilla. Les dijo que venía a promover el voto a favor del joven dinosaurio, la niña preguntó —¿el qué está casado con la gaviota?

—Ese mero— contestó el joven priista. En seguida sacó de una bolsa unas tarjetas de la tienda Soriana. Les dijo que se las regalaría, que sólo tenían que salir a votar por el joven dinosaurio. Los apuntó en una lista y les proporcionó sus tarjetas que iban a poder cambiar inmediatamente después de la elección. El niño que ya no era niño, le preguntó a su papá si le estaban comprando el voto. El papá no supo que contestar, simplemente le dijo que México era un gran país, prospero y que era momento de salir de la casa. Claro, a votar por Peña Nieto.

Al día siguiente salieron del pueblo y se dirigieron a la ciudad. Era la primera vez en 12 años que salian. En el camino, el viejo le dijo al niño que ya no era niño, que viera lo próspero que era México. —Todo lo que has visto en televisión, ahora lo verás con tus propios ojos— le dijo el viejo.

En el camino, el panorama era tan desolador con la fachada de la casa de la esperanza. De pronto se encontraron con unos manifestantes contra el resultado de la elección. La señora pensó “nunca faltan aquellos que no quieren prosperar”. El niño que había dejado de ser niño, sintió una tremenda afinidad por ellos. —No te distraigas— le dijo el viejo.

Entraron a la tienda Soriana, iban recorriendo los pasillos y veían como la gente vaciaba la tienda, apenas había pasado un día de la elección. La gente corría con las manos llenas de latas de atún, con bolsas de frijol y de arroz. Había niños con juguetes en las manos, felices. Entre toda la multitud, la mexicanidad quedó parada sin decir nada, de pronto se abrió un tremendo espacio entre la gente, y vieron una tremenda columna de cajas que medía cerca de tres metros, estaba en forma de pirámide, a todos los miembros de la mexicanidad se les dibujó una sonrisa en la cara, comenzaron a correr esquivando a todos los que llenaban sus carritos para cambiar sus tarjetas Soriana que les habían dado por votar por Peña Nieto. Llegaron y se pusieron frente a la columna, estaban frente a algo que jamás habían visto. Una tremenda pantalla LED de 60 pulgadas. El niño que ya no era niño, encendió la que tenían de muestra y de pronto apareció la señora Laura gritando “Que pase el desgraciado”, la señora de la mexicanidad comenzó a llorar, nunca en su vida había visto un imagen tan nítida, con los colores tan exactos, tan grandes y tan espectacular. Entre todos cargaron la pesada caja, iban dispuestos a gastar sus tarjetas más un poco más en comprar aquella televisión. La felicidad duró lo que tardaron en llegar a la caja. Sus tarjetas Soriana no tenían saldo alguno.

Regresaron muy tristes a la casa de la esperanza y decidieron encerrarse por 6 años más. A la mañana siguiente, la puerta estaba abierta, el niño que ya no era niño, se había ido de aquella casa, que parecía tener todo, menos esperanza.